Tribuna del Presidente François Hollande para la celebracion del dia de Europa el 9 de mayo

François Hollande:
“La Europa que quiero”

El 8 de mayo de 1945, al término de seis años de un conflicto sanguinario y cruel, se proclamaba la paz.

Esta victoria, que fue la de la libertad, conjuró uno de los mayores peligros que nunca antes habían amenazado a la humanidad. Debido a las pérdidas espantosas relacionadas con los combates, los bombardeos y el martirio de los civiles que culminaron en la Shoah, los países europeos salían de la guerra diezmados, su juventud sacrificada y su economía arruinada.

Y, sin embargo, el mismo continente, los mismos pueblos, las mismas naciones se levantaron y han vivido desde entonces el período de paz más largo nunca antes visto en su historia. Las ciudades se reconstruyeron, el nivel de vida se duplicó, la desaparición de las fronteras garantizó la libre circulación de personas y la multiplicación de los intercambios económicos favoreció el retorno a la prosperidad.

Europa se amplió y se convirtió en el más extenso conjunto de Estados democráticos y la economía más grande del mundo.

¿A que debemos esta resurrección inaudita, este renacimiento excepcional? ¡A la unión! A la unión de los ciudadanos, a la unión de las economías, a la unión de las naciones.

DEBEMOS ACORDARNOS
Esta obra ─¿acaso es necesario recordarlo?─ fue deseada por la gran mayoría de los Franceses y de nuestras fuerzas políticas. Fue fomentada, desarrollada, consolidada por varias generaciones de estadistas que supieron reconciliar a Francia y Alemania en torno a un proyecto capaz de sobrepasarlos. Esta amistad es todavía el fundmaento de nuestro porvenir. Y todos los Presidentes de la V República se han consagrado plenamente a ella.

Debemos acordarnos, nosotros franceses, de lo que debemos a Europa. Debemos acordarnos de la advertencia solemne de François Mitterrand, en su último discurso ante el Parlamento Europeo: “¡El nacionalismo, es la guerra!” Lo vimos hace setenta años, cuando la civilización casi sucumbe. Lo vimos todavía, desgraciadamente, en la Ex Yugoslavia desgarrada por una guerra étnica. Observamos hoy que su amenaza pesa todavía en los confines de Ucrania y Rusia. Repitamos entonces esta evidencia fundadora: ¡Europa, es la paz!

Sin embargo, hoy día, esta unión se encuentra amenazada. Por la crisis económica, en varios países y en la misma Francia, existen fuerzas que buscan deshacerla especulando con la decepción, apostando por el desaliento, exhumando los miedos; designando al extranjero como un chivo expiatorio; apostando por la discordia religiosa; enfrentando las identidades nacionales con compromiso europeo. Estas maniobras perniciosas prosperan en un terreno fértil.

La Unión decepciona; revela su impotencia ante un desempleo que prevalece desde hace tantos años y cuyas primeras víctimas son los jóvenes. La Unión se siente adolorida por sus instituciones y sus reglas complicadas; está desfasada cuando sus exhortaciones exigen sacrificios en lugar de fortalecer las protecciones. Y cuando no se separan de ella, sus ciudadanos se alejan. La duda alimenta la indiferencia. La incomprensión nutre el rechazo.

¿Debemos entonces renunciar? ¿Abdicar? ¿Destruir la obra de tres generaciones, desaprobar a aquéllos que le dieron forma? ¿Y hacer al revés el camino recorrido desde hace setenta años?

Nosotros, franceses, ¿queremos regresar a la guerra comercial, a la confrontación monetaria, al repliegue nacional? Respeto las decisiones. No está prohibido rechazar a la Unión. Pero en ese caso, es necesario hacerlo con conocimiento de causa, decir con lo que se está de acuerdo, hacia dónde se regresa.

LA TRAMPA DE LA DECADENCIA NACIONAL

Algunos quieren abandonar el euro. La deriva de la moneda, piensan, nos hará competitivos sin esfuerzo. Pero la devaluación, es ante todo el aumento del precio de todos los productos importados, es el regreso a la inflación, es la reducción del poder adquisitivo de los ingresos más modestos. El fin del euro, es una austeridad implacable. El fin del euro, es la desaparición de la solidaridad financiera, es una moneda entregada a la merced de los especuladores. ¿Acaso se puede creer que la fuerza se construye en el aislamiento? Es más que una ilusión, es una trampa. La de la decadencia nacional.

Otros quieren simplemente la deconstrucción de Europa. Romper total o parcialmente compromisos, romper los Tratados, restablecer los derechos de aduana y las garitas de la policía de las fronteras. Cortarse no de Europa, sino del mundo. Ésos, que se pretenden patriotas, no creen ya en Francia. Salir de Europa, es salir de la Historia.
Al abrigo detrás de estas barreras, dicen, estaremos protegidos de las tormentas, lejos de la mundialización. ¿Quién puede creerles? ¿Cómo un país que exporta más de la cuarta parte de su producción podría arriesgarse con el aislamiento? ¿Si rechazamos los productos de los demás, por qué aceptarían ellos los nuestros? Si ya no queremos comprar ¿cómo podremos vender?
Sí, es necesario regular el comercio mundial. Sí, es necesario defender nuestras industrias. Sí, es preciso luchar contra el dumping social. Pero afectar con nuevos impuestos los productos que consumimos todos los días y a los precios más bajos, sería la ruptura y, pronto, el empobrecimiento.
El mundo de hoy día se está moviendo hacia el sur y hacia el este. Nuevas potencias surgen sin que las antiguas hayan reducido su pretensión. El futuro pertenece por lo tanto a los continentes. Es decir, a la unión de las naciones que, sin que pierdan nada de su singularidad, conjuguen sus fuerzas para expresar su modelo.
Europa es el primer conjunto económico del mundo. Dista mucho de serlo en el plano político, y paga el precio por ello. Nuestro país sabe asumir sus responsabilidades, aunque a veces se encuentre solo. Es por ello que Francia necesita a Europa, como Europa necesita a Francia. A corto o a largo plazo ¡todo nos lleva a unirnos, el realismo político, el ideal democrático así como nuestro propio interés! Unirnos para tener un peso en el destino del mundo.

LA EUROPA DE LA VOLUNTAD
Una vez más, se nos dirá: están negándole al pueblo la posibilidad de escoger. Sería necesario aceptar todo o rechazar todo, es Europa o el caos.

¡Pues, no! Los franceses pueden decidir e imponer soberanamente su preferencia. Ya que no hay una única Europa posible. La Unión no es una obligación: deja a las naciones libres, libres de escoger Europa o dejarla. Y sobre todo libres de escoger una Europa pusilánime o una Europa con voluntad.

Hay en efecto una visión mínima, comercial, “apolítica” de Europa, que sólo ve en ella un mercado, un espacio monetario sin gobernanza, una suma de reglas y hace de la Unión una entidad sin alma y sin otro proyecto que el de recibir los candidatos que tocan a su puerta. Los promotores de ella manifiestan su interés por Europa a condición de que permanezca discreta, reduzca su presupuesto, reduzca sus ambiciones políticas. Al complicar a sus instituciones a fuerza de contenerlas, hacen la Unión ilegible y lejana. Para ellos, la abstención de los ciudadanos no es un problema, ¡es incluso una solución para no cambiar nada!

A esta Europa de la dilución, contrapongo la Europa de la voluntad. La que actúa ahí en donde se la espera, que clarifica sus métodos de decisión, reduce sus procedimientos, avanza más rápidamente con los países que la quieren, y se concentra en los retos por venir.

Esta Europa es la que, a partir de la zona euro, vuelve a dar fuerza a la economía, pone fin a la austeridad ciega, encuadra las finanzas con la supervisión de los bancos, hace de su mercado único una ventaja en la mundialización y defiende su moneda contra los movimientos irracionales. Es una Europa que invierte en grandes proyectos gracias a nuevos instrumentos financieros. Es una Europa que termina con la competencia social y fiscal entre ellos.

Es una Europa que protege sus fronteras, preservando la libertad de desplazarse y garantizando el respeto del derecho de asilo.

Es también una Europa que emprende la transición energética. La crisis ucraniana debe acelerar todavía más la Europa de la energía para darle seguridad a nuestros aprovisionamientos, mantener precios competitivos y luchar contra el calentamiento climático.
Hago de ello una prioridad mayor para los próximos años.

SE RECHAZÓ LA ESPECULACIÓN

A esta Europa, hemos comenzado a darle una realidad desde hace dos años. La especulación que amenazaba la unidad de la zona euro fue rechazada, las tasas de interés se encuentran en nivel histórico más bajo.

Se instauró la unión bancaria, evitando todo riesgo para los ahorradores y los contribuyentes. Diez países voluntarios acaban de decidir el impuesto sobre las transacciones financieras. El reto del crecimiento se ha reafirmado con el empleo de los jóvenes como prioridad. Se ha preservado la política agrícola común. Lo digital y la excepción cultural son de ahora en adelante objetivos comunes. Francia ha asumido la parte de responsabilidad que le corresponde en esta reorientación. Pero estoy consciente de que Europa debe ir mucho más lejos para reencontrar la confianza.

El próximo 25 de mayo, todos y cada uno de nosotros deberemos pronunciarnos por el camino a seguir. El resultado de este escrutinio determinará la dirección que Europa tomará para los cinco próximos años, y los responsables que la encarnarán. Por primera vez, los electores, por su voto, designarán al futuro Presidente de la Comisión Europea. ¿Cuántos lo saben hoy día?

Se trata, ni más ni menos, de decidir la suerte de nuestro continente, su papel en el mundo, el modelo de sociedad que queremos promover. Francia quiere más que el progreso de Europa. Quiere la Europa del progreso.

publié le 19/05/2014

haut de la page